A las doce de la noche, tres niños se
escaparon de un chalet ubicado a unas cuadras del centro de la cuidad. Mateo y
Raúl llevaban una camisa bien planchada, un pulóver al cuerpo, con pantalones y
zapatos de vestir. Ignacio llevaba un pijama y zapatos, porque lo apuraron a
salir rápido sus amigos, antes de que los padres de Mateo los descubrieran.
El papá de Mateo, que era progresista,
les había contado una historia. Reunidos en el living, él sentado en el sillón
de terciopelo, con un whisky en las manos, y ellos sentados en el suelo,
escuchando, entreabrían la boca sin saber qué pensar. Les contó una historia
que estaba por pasar: la de la guerrilla para recuperar el poder. Cuando
terminó, se paró y fue hacía la cocina y beso a su mujer. “Me escuchan como si
fuera una historia de epopeya, pero es real, Rosa, se viene la lucha y el fin
de esta porquería”, la mamá de Mateo se rió y lo mandó a dormir.
Iban llegando a la avenida principal,
y aunque era marzo, se había levantado un viento frío, que les llenó de polvo
la vista. Al papá de Mateo, para que le creyeran y porque estaba emocionado, se
le había ocurrido decirles la hora y el lugar exacto de una reunión clandestina
que se haría esa misma noche. Había logrado compartir su exaltación con los
chicos, quienes se dirigían a espiar a la supuesta reunión.
Antes de llegar a la avenida vieron a
lo lejos un vigilante. Retrocedieron y se aplastaron contra la pared riendo por
la excitación y el miedo de estar violando el toque de queda. Cuando perdieron
de vista al militar, decidieron desviar su camino para no atravesar la avenida.
Volvieron sobre sus pasos, la calle estaba gris y calma, aunque parecía que se
avecinaba una tormenta. Tras doblar una esquina, el polvo volvió a tapar sus
ojos, y al destapárseles la visión, Raúl, que era el menos sensible, freno con
la mano a Mateo que seguía restregándose los ojos. Retrocedieron los tres,
espantados, no tanto de lo que veían sino de lo cerca que estaba. Dos militares
con sus escopetas perseguían a un hombre. Pero el hombre no corría desesperado,
solo se alejaba y se daba vuelta para insultarlos. Dos veces lo alcanzaron y
tiraron al suelo, pateándolo, pero este se levantó y siguió corriendo casi en
círculos. Los niños asomados se miraban entre ellos y volvían a mirar. Por sus
mentes pasó muchas veces la idea de volver enseguida a la casa, pero ninguno se
animó a decir nada, porque después de todo, había salido buscando una aventura.
Lo volvieron a tirar al suelo, esta vez pusieron un pie sobre su pecho para que
no pudiera levantarse.
Tenía el pelo largo y una barba
desprolija, de esos que el papá de Ignacio siempre le decía “Mira ese… pff ¡ni
se le ve la cara!”. Pero si se le veía la cara. Los ojos brillantes y húmedos,
pero desafiantes, recorrían la larga pistola que
lo apuntaba. La violencia del viento calmó y un silencio suspendió la tormenta.
El hombre frunció la boca hasta dejar escapar con dificultar, por la presión de
la bota en el pecho que le cortaba el aire, en un débil sonido “hijo ‘e puta”. Rompió
el silencio una explosión, los niños no se acuerdan si fue primero el trueno o
los tiros, pronto la lluvia se sumó al estruendo y la confusión se apoderó de
sus recuerdos.
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